nicolás gómez echeverri

carpa (sobre la profesión)

(2008)

Habíamos tomado la decisión de estar allí por convicción propia. Creíamos en nuestras motivaciones y en alguna necesidad oculta. Era una fortuna esa posibilidad, pues en otras partes eran obligados a estar allí; eran encerrados y llevados. Nosotros podíamos pasar el rato pastando o bebiendo algo. Charlábamos sobre las motivaciones y las necesidades, sobre nuevas ideas, sobre algo que vimos o algo que oímos, nos dábamos consejos para perfeccionar alguno de los actos, incluso algunas veces nos burlábamos de nosotros mismos, y esto resultaba divertido.

La temporada de espectáculos se aproximaba. Debíamos prepararnos para las largas jornadas de práctica; cada acto debía resultar perfecto. Para el día del show todo el éxito iba ser medido por los aplausos.

Las horas de entrenamiento se hacían cada vez más largas. Era diferente cuando nos reuníamos afuera, y sobre el prado fantaseábamos con futuros proyectos y nuevos actos. Adentro, en cambio, debíamos obedecer al hombre, pues él aseguraría los aplausos para el gran día, y haría que aprendiéramos de su maestría para  dar los mejores resultados. Durante el tiempo de preparación, el hombre, en su rutina, hacía la señal para el saludo o la venia final y debíamos obedecer. Nos colocaba sobre una cuerda floja, y sin reclamo alguno debíamos atravesarla de lado a lado. Usaba su látigo para hacernos cruzar a través de aros de fuego, y nunca hubiéramos podido tener miedo. Los entrenamientos eran arduos, pero al final todo resultaba conforme a las expectativas. Cada acto estaba bien preparado, y el hombre se sentía satisfecho de haber logrado sus objetivos con nosotros. Todo el espectáculo estaba creado por él, y nosotros, sin opción de rechazo hacia alguna de sus ideas, debíamos obedecerle a sus latigazos. Pero no importaba, íbamos a recibir aplausos garantizados.

El gran día llegó y cada uno de nosotros sentía estar listo para el espectáculo. Las luces iluminaban el lugar y hacían resplandecer cada objeto del escenario. Se sentían soplos de expectativa en todos los ojos que miraban. Mi turno llegó y mi cuerpo sudaba Realicé el saludo previamente practicado, y sólo los niños a duras penas sonrieron. Mi cuerpo sudaba. En el momento de realizar mi acto caí en cuenta que el hombre no se encontraba allí junto a mí, pero el show debía continuar.