nicolás gomez echeverri

estares

2012 – esmalte sobre impresos (marcos en aluminio) – 32 x 24 cms c/u




















Proyecto ganador de la Beca de Circulación en la Galería Santa Fe, 2012

Un mundo oculto late bajo tus pies, con plantas y animales misteriosos, con tantas cosas imposibles de descifrar y sin embargo poderosamente presentes.

—Cees Nooteboom, Hotel Nómada.

Veo manchas que parecen bestias trifásicas, volutas retorcidas, naves interestelares, toros dentados, marcianos, racimos de frutas exóticas. Veo colores brillantes contenidos en figuras irregulares que se extienden sobre impresos de riscos escarpados, nieves perpetuas, árboles, vastos lagos y rocas puntiagudas; paisajes idílicos de postales y cartillas turísticas. Veo recursos conocidos, pinturas que recuerdan métodos tradicionales de tests psiquiátricos, que acuden a la imagen y a sus posibles interpretaciones como medio de diagnóstico. Veo método y accidente. Veo ecuaciones muy bien pensadas, orquestando el azar. Ante la pintura, o ante el paisaje, cada quien ve cosas distintas.

Pero también hay cosas que no veo; áreas enteras tapadas por manchas que obstruyen la continuación de aquello que se alcanza a ver en los márgenes de los papeles. Me pregunto si el paisaje termina siendo el cómplice de un encubrimiento en razón de lo pictórico, o bien, la víctima de un sacrificio deliberado en contra de su representación. Asumo que el área del paisaje que se esconde es un espacio libre para la imaginación, que trata de completar o sustituir la información oculta (pero poderosamente presente).

Juana Anzellini, 2012


Se parece a…

Fui dos veces, la primera vez cuando no había nadie y no habían inaugurado la muestra. Se parecían como a las fotos en las que retratan supuestos fantasmas, pero este caso vendría siendo un ejercicio de “escoja qué quiere ver”. Los menús —o que quieren parecer menús de restaurante— tienen máculas que se parecen a esas fotos a las que les salen manchas por la humedad. Una humedad que destierra aquello que ve de fondo, lo relega —sin quitarle protagonismo— a un rol de segunda mano. Paradójicamente, esas manchas pasan a ser parte de ella, de la imagen. Como la humedad que aparece por preservación deficiente o por la naturaleza haciendo de las suyas o por el tiempo, más bien.

Y de alguna extraña manera es como si las manchas siempre hubieran estado ahí, como si esa imagen nunca hubiera contemplado la totalidad de sus posibilidades. La intencionalidad de las manchas no las delata, es como si la mácula conversara con el paisaje, al que logra hacer invisible y le consigue restar protagonismo, pero al paisaje no parece no importarle.

Las fichas de rompecabezas pasan entonces a ser evidentes, explican el chiste, compiten con las máculas, quieren parecerse a ellas o pareciera que las persiguen. Pareciera que las manchas y el rompecabezas no se tienen afectos, pero ahí conversan —eso sí, desde distancias y alturas distintas—. Pero sobre todo, su conversación se fundamenta desde la forma. Las manchas enmarcadas en menús y marcos y las figuras del suelo que son rompecabezas suspendidos por un alfiler, se parecen a las discusiones de parientes lejanos y ajenos, de distinto estatus y altura, preferencias y gustos.

Y de nuevo los menús, que invitan a mirar a ver que es lo que se quiere ver. ¿Qué tendría entonces más protagonismo, el gesto o el paisaje? ¿Y no es esa una de las pregunta de la historia, y de la Historia del Arte también? Sin saber ni acertar en la relevancia y apunte a la historia, estas manchas resuelven de algún modo estas preguntas, o bien las ponen en estatus de ecuación, en terreno de juego, en evidencia, en menús, en marcos, en manchas, en máculas en rompecabezas.

La segunda vez que fui, de alguna forma noté que queda el espectro del público, o algo así. Es claro que por ahí ha pasado gente a ver estos Estares. Parecía que las manchas ya estaban ahí, habían perdido su novedad, como si de tanto estar en el espacio se terminaron de acoplar a la imagen, como si el tiempo de la exposición les hubiera hecho algo —estragos—. Como si el tiempo de la exposición las hubiera hecho más firmes, de alguna forma más certeras, más sinceras, más maduras. Ese algo, es tal vez la contingencia que contiene el lapso desde el inicio al final de una exposición. Algo pasa con aquello que se pone en juego.

La segunda visita tenía la presencia de dos palos clavados en el piso, es fácil asumir que su función respondía a prevenir a un espectador descuidado —o a uno con ínfulas de emancipación— de tropezar con las figuras del rompecabezas suspendidas por alfileres en el piso.

Y como dice Juana en el texto de presentación, también veo método y accidente, convergiendo en un estrellón premeditado. Ecuaciones orquestadas, pues ante la pintura o ante el paisaje, ante la mancha, ante la mácula o ante el gesto, pero sobre todo ante la intuición de poner a conversar cada mancha con cada marco o en cada menú, para que lidien con cada ficha del rompecabezas que conversa con cada alfiler; cada cual ve cosas distintas.

—Carolina Cerón, 2012