nicolás gómez echeverri

highway

2014 – Ramas intervenidas con laca automotriz – Exposición en Galería Nueveochenta, Bogotá, mayo-junio de 2014.

Fotografía: Juan José Moreno Espinel


























Los objetos encontrados e intervenidos por Nicolás Gómez son fragmentos, pedazos, escombros, nudos y esquirlas que han cobrado una nueva naturaleza: un amasijo de raíces resaltadas en color fosforescente (puntualmente, los colores con los cuales se hacen las señalizaciones viales) o unas cañitas espiraladas pintadas en bandas de colores son esculturas que contrastan estructuras naturales con cultura visual humana. La forma biológica, intrincada u ondulante de los fragmentos de un árbol (que ahora no es sino leña) termina resaltada por los colores chillones de una pintura creada por las personas para comunicar un posible peligro de fatalidad. El cadáver de un ser vivo se disfraza de payaso para fundirse con los lenguajes de la deforestación; un solo objeto contiene en sí la ruina forestal, la urbanización y la alerta sobre el peligro (la leña, el camino y la muerte).

—William Contreras


Estamos alerta pero tenemos los días robados. La vida pasa como un rumor de fondo, un sobrante de experiencias únicas que no siempre se observan, aún cuando las señales de advertencia están por todo el camino, interrumpiendo la velocidad del pensamiento, de las ideas, de los sueños y divagaciones en que nos sumergimos en instantes de contemplación. Las señales de tránsito, esos coloridos planos superpuestos al horizonte que nos distraen del paisaje, están ahí para salvarnos del estrepitoso momento en que nos estrellamos con el fin o al menos eso dicen, aún si para evitarlo deben mantenernos en estado de tensión permanente.

Es una contradicción.

Pintar una ramita de un árbol con laca para automóviles, hablar de paisaje a través de los colores metalizados, lustrosos y brillantes de las señales de tránsito, apropiarse de las líneas esbeltas y resueltas de la naturaleza para luego invertir horas y horas de trabajo mecánico, exhaustivo, lijando, sellando imperfecciones, reduciendo la fricción natural de la corteza, aplicando capa tras capa de pintura, domesticándola, urbanizándola para que no parezca una rama y entonces nada obstaculice el recorrido veloz por las superficies lisas de sus formas aerodinámicas, en cambio, resulta natural.

De una forma muy abstracta, es natural que las esculturas de Nicolás Gómez —o más bien sus pinturas, por la saturación de color, o acaso sus dibujos porque se trata de líneas sueltas directamente en el espacio— apelen al contraste, a la yuxtaposición de lo natural y lo artificial, para encandilarnos y llamar nuestra atención con algo que frecuentemente ignoramos pero que ahora nos invita, a pesar de la velocidad insinuada en sus esculturas, a detenernos en un instante, en un accidente, en una hendidura, en la bifurcación de una rama que termina abruptamente y cambia de color.

Estas ramas frágiles que Gómez recoge de los bosques nativos alrededor de la contaminada Bogotá para intervenirlas con los colores de los códigos humanos que invaden el paisaje, son una suerte de souvenir que suspende el ritmo sosegado de la respiración, de la vida, en el abrupto momento en que la misma cesa, se parte, se desprende, termina. Cada una de esas ramas preserva el paradójico instante en que la vida sigue su curso, aún cuando llegó a un fin. Pero no se trata de ciclos sino de la invasión de los espacios, se trata de un tráfico natural entre la vida y la muerte que a veces hace posible fluir con velocidad y, otras veces, precisa frenar.

Caminar por el espacio de exposición con un cuerpo que en comparación con las siluetas delgadas, altas y esbeltas de las esculturas, se siente torpe, pesado y gordo, hace aún más tentador el deseo de recorrerlas rápidamente con la mirada. Una lleva a la otra y a la otra y a la otra, como en una montaña rusa en la que inevitablemente se siguen los bucles, las curvas, las subidas y las bajadas. Detenernos frente a formas hechas para ser recorridas, resulta en una contradicción. No corresponde la velocidad de estas polichadas y aerodinámicas líneas de autopista, con nuestra urgencia de frenar y fijar la atención en un punto, un defecto, un detalle, un instante, pero es natural. Es natural la contradicción porque nos movemos en una zona utópica: un presente suspendido entre lo aparatoso dEstamos alerta pero tenemos los días robados. La vida pasa como un rumor de fondo, un sobrante de experiencias únicas que no siempre se observan, aún cuando las señales de advertencia están por todo el camino, interrumpiendo la velocidad del pensamiento, de las ideas, de los sueños y divagaciones en que nos sumergimos en instantes de contemplación. Las señales de tránsito, esos coloridos planos superpuestos al horizonte que nos distraen del paisaje, están ahí para salvarnos del estrepitoso momento en que nos estrellamos con el fin o al menos eso dicen, aún si para evitarlo deben mantenernos en estado de tensión permanente.

Es una contradicción.

El secreto de toda buena excursión por esa autopista que es la vida, consiste en que el final sea al mismo tiempo sorpresivo y congruente. La posibilidad de tentar al destino para que cambie su curso es ínfima, pero la contradicción que propone la serie Highway nos pone en contacto con dos posibles formas de conquistar ese horizonte: ser el primero en llegar al final y luego intentar mantenerse en estado de feliz alerta —como en una carrera—, o bien asumiendo que hay metas que conviene posponer, fijándose en los detalles, deteniéndose en los accidentes, demorándose en las simplezas, replegando el horizonte para ganar un tiempo extra.

Retrasar el drama de llegar al fin para no darnos cuenta que eso que tanto perseguimos mientras la vida nos pasa, eso que valía como propósito, en últimas, sabe a chatarra.

—Mariangela Méndez (Profesora asociada del Departamento de Arte, Universidad de los Andes)