nicolás gomez echeverri

lecciones

2016 – Exposición en Casa Proartes, Cali (2016)
















Artículo publicado en Art-Nexus – número 10 / Diciembre 2016 – Febrero 2017

Con Lecciones, exposición de Nicolás Gómez Echeverri en Casa Proartes, tuve la impresión de entrar al salón de clases de una escuela primaria. Específicamente tuve el recuerdo de mi propia experiencia cuando era niño, una sensación seductora de un lugar lleno de color y de cosas que estaban ahí con un fin que ignoraba. La relación que tuve con los útiles escolares siempre fue problemática, ya que estos están diseñados para ser deseados y llamativos pero también hacen parte de unas condiciones de normatividad que convierten el útil en herramienta, y el ejercicio que podría ser un juego se transforma en trabajo.

Lecciones da cuenta, por su nombre, de una acción que nunca se genera en la sala de exposiciones, que es la de “transferir” una serie de conocimientos por parte de alguien que sabe hacía otros que no saben. La ausencia de este gesto llena la sala de preguntas, y, así como sucede en el aula al quedarse vacía, las cosas adquieren otra naturaleza que corresponde al material que carece de códigos (normativos), y la lección se aplaza hasta la próxima sesión. A mi modo de ver, la exposición de Nicolás Gómez se ubica entre dos lecciones, de ahí la pluralidad que logra sincronizar por instantes una serie de temas.

Acumulaciones (2013) es una gran instalación de reglas escolares que amontonan pigmentos de pintura, las cuales asemejan visiones de topografías y configuraciones geográficas, según nos cuenta su autor. Resulta interesante caer en la cuenta que esta obra, bajo el conjunto total de la exposición, se convierte en un elemento sin un código definitivo, y sus connotaciones se riegan y se mezclan con las demás. De hecho, en el espacio, el conjunto de reglas se convierte en un horizonte, en una línea que depende de la distancia desde donde la veamos. Esta línea está acompañada de un mural que contiene una gran cantidad de mapamundis en estuco (Sin Título, 2016), los cuales a mi modo de ver se transfiguran en una especie de papel tapiz, un patrón ecuánime y regular que exacerba la representación del mundo, aún sin que haya nadie presente para redundar en sus convenciones.

Me gusta pensar en ese momento en el que “no entendemos” porque es una sensación común en la que intentamos formular la mejor pregunta, incluso creyendo que buscamos la respuesta correcta. Lecciones, ubicada entre dos clases académicas, podría parecer un lugar de la pregunta. La latencia de las cosas dejadas por ahí (instaladas, colgadas, usadas, exhibidas, acumuladas, archivadas…), ya sea en un salón de clases o una sala de museo, está determinada por aquello que podamos preguntar. Quizá con las geografías sugeridas por Nicolás Gómez con los pigmentos, nos preguntemos acerca del lugar al que hace referencia en lo real, es decir, qué lugar del mundo está representando. Yo creo que cada accidente de pigmento se representa a sí mismo como lugar, un lugar de pequeña escala medido por las rayitas de la regla, aunque bajo la trampa de parecer una maqueta o la miniaturización de una montaña.

Brújula (2016) consiste en un fino hilo del que se suspende un palito en cuyos extremos hay un cono y un cubo, que además se mueven cada vez que un espectador se acerca. Esta obra que parece señalar, de hecho evita apuntar con detenimiento, y su fragilidad es como la fragilidad de los argumentos, sensibles a cualquier vibración del espacio. Boceto de manifiesto (2016) es un ensamblaje vertical de muchas figuras geométricas que cuelgan como un péndulo, reposando en el centro de una bandeja llena de aceite quemado, que termina reflejando y multiplicando los objetos en otro plano. El reflejo en el aceite es tan nítido que parece que un hueco se abre y a través de él hubiera un universo exactamente igual al nuestro. Conclusión un poco trágica que me recuerda el eterno retorno de lo mismo, aunque esto mismo nos interpele. Para la instalación de estas piezas, Nicolás Gómez pintó algunas de las paredes de la sala de color amarillo, quizá con la intención de acentuar un fondo “bidimensionalizando” un poco las esculturas al aplanar la vista con un color contrastante, como el fondo neutro de las láminas escolares o ilustraciones enciclopédicas.

Curso básico (2013 – 2015), ubicada en la sala del primer piso, es una serie de láminas didácticas con intervenciones pictóricas con las cuales el artista invita a identificar señales imperfectas, azarosas y volátiles, en otras palabras aquello que no estaría en una lección. Estas piezas comparten espacio con Cartilla didáctica (2016), un conjunto de tablas escolares, de aquellas que tienen las vocales y sirven para modelar plastilina, que son intervenidas también pictóricamente pero esta vez con manchas negras y abstractas (como el aceite quemado) que recuerdan los test psicológicos de personalidad, lo cual tiene relación con ese momento en el que queremos entender, un instante muy corto en el que vacila aquello que creemos que somos.

—Breyner Huertas