nicolás gomez echeverri

terrarum descriptio

2012-2013 – óleo sobre papel cartográfico – 40 x 30 cms c/u























Previo a la Ilustración, la labor cartográfica estaba íntimamente ligada a la práctica pictórica, pues en los mapas —denominados terrarum descriptio— era recurrente el uso de alegorías, metáforas, diseños y juegos cromáticos, mediante los cuales los realizadores describían la experiencia del lugar. Desde la Ilustración, en tanto crecía la fe en la razón y la rigurosidad científica, fue separándose el vínculo entre la cartografía y la pintura, y cada disciplina comenzó a concebirse autónomamente. En Europa, la cartografía se valió de la exactitud matemática, provechosa para el conocimiento imperial y el ejercicio de su dominio en las colonias. En este sentido, se destaca la labor de Jean Baptiste Bourguignon d’Anville —cartógrafo principal del rey de Francia—, quien a lo largo del siglo XVIII asumió una ambiciosa empresa de mapeo del mundo entero, incluyendo el territorio americano[1].

Pero desde el arte, la descripción de los territorios permanece ligada a un intento de traducción de las sensaciones que se viven en un lugar. Esta posibilidad ha sido explotada principalmente por la pintura, cuyas particularidades como materia permiten elaborar planos de profundidad, establecer horizontes y aludir a las propiedades de los elementos que constituyen la naturaleza[2]. Cada pieza de esta serie ha sido hecha siguiendo un procedimiento de acumulación de planos de pigmento. El resultado es una variedad de montículos de óleo montados sobre retículas en papel, cuya apariencia asemeja visiones de topografías y configuraciones geográficas, en virtud del efecto de profundidad y las texturas conseguidas. El carácter orgánico e intrincado de las pinturas contrasta con la rectitud y precisión de los soportes utilizados.


[1] Los mapas de d’Anville que comprenden el actual territorio colombiano fueron corregidos por Francisco José de Caldas alrededor de 1797. Es de destacar que Caldas se valió de recursos pictóricos para elaborar las convenciones que caracterizan su estudio del perfil de la cordillera de Los Andes.

[2] Una tradición que en Colombia se hace evidente a partir del trabajo de la Escuela de la Sabana comenzando el siglo XX y es eventualmente apropiada por artistas abstractos (Marco Ospina, Guillermo Wiedemann, Manuel Hernández, Carlos Rojas, Consuelo Gómez, entre otros).


Nicolás Gómez se atreve a decir cosas sobre la pintura con la pintura. Sus ideas alrededor de la comprensión del espacio como experiencia subjetiva y su obsesión por el paisaje cobran ahora vida matérica. Las geografías inventadas que ha constituido como cuerpos mutantes son producto de la experimentación, pero sobre todo de los accidentes que la cocina pictórica encarna.

Es determinante el hecho de que en sus creaciones el óleo no se esparza, sino que permanezca en un estado metamorfoseante; aparece como una masa que intenta dar forma a un lugar que no la tiene. Precisamente porque estas obras aluden a los terrarum descriptio, esos primeros mapas imprecisos de carácter amorfo que hacían un registro gráfico de la forma de un territorio, cartografías primarias cargadas de ficción que intentaban representar los elementos sensoriales que poseían los espacios.

Nicolás engendra una particular pasión por la cartografía. El estudio de los exquisitos trabajos de personajes como Francisco José de Caldas, Alexander von Humboldt o Agustín Codazzi, y la observación de la obra de artistas que —a comienzos del siglo XX— hicieron de la experiencia de paisaje el tema de su pinturas y dibujos, son referentes medulares que marcan sus disertaciones plásticas y teóricas.

Una obsesión de investigador se ha transferido al hacer. Ahora en su obra hay una fuerza que viene del entendimiento de lo morfológico del paisaje, del fragmento observado que es parte de un territorio movedizo, el óleo como materia voluminosa que evoca lo escultórico. El papel es el soporte donde se ancla la idea estética. La grasa que va saliendo lentamente del óleo comprimido es invasiva y destituye la perfección de la retícula que está de fondo, la mancha la burla, le anula el código sin más.

—Erika Martínez Cuervo