nicolás gómez echeverri

mesa franca

(2013) Sobre la obra Mesa franca de Consuelo Gómez, nominada al VII Premio Luis Caballero. 

 

Despertar, ir, venir y dormir. Entre acción y acción, porque el cuerpo lo pide, porque lo hemos acostumbrado a ello, o  porque es conveniente hacerlo tres veces al día, nos sentamos a comer. Así medimos el tiempo, con el ritmo de acciones cotidianas que son mediadas por cosas. Como si su materia no fuera inerte, éstas actúan sobre nuestros modos, afectos y decisiones. Los artistas lo saben. Por eso, para evadir los fabulosos clichés de la vida misma, crean objetos que desvirtúan las formas o funciones inscritas en un marco de expectativas de lo corriente. Esta ha sido la apuesta de Consuelo Gómez en su exploración de costumbres y oficios en el cinturón rojo, el conjunto de tradicionales barrios populares de los cerros orientales de Bogotá.

Nos sentamos en una mesa a comer, ojalá acompañados, ojalá delicias, y ojalá lo suficiente. Ahora una imponente mesa nos recibe, invadiendo un espacio que, idealmente, sería nuestro. El rotundo mueble se yergue amenazante, grande y pesado, imposible de acceder. Cada tanto, un sobredimensionado cucharón golpea sobre su superficie de acero y marca estruendosamente un tiempo propio, reiterando su existencia. La mesa ignora al hombre y sus necesidades y se manifiesta independiente en su encierro, en su propio ritmo, en su propia escala, en su escasez. Quizás a partir de finales de la década de 1920, cuando fue construida esta plaza de mercado, estaríamos oyendo la orquestación de voces negociando fruta y verdura, entre los timbres sonoros de muebles, cajones, bancos de trabajo y herramientas que eran fabricados por los artesanos del lugar. Las pericias de la historia se han llevado estos momentos. Hoy la plaza es inhóspita y despojada de vitalidad. Tan solo permanece un ecléctico edificio erigido entre un barrio marginal como un monumento envejecido que recuerda viejos tiempos de abundancia.