nicolás gómez echeverri

crepúsculo

(2013) Anotación sobre la pintura Crepúsculo (1912) de Francisco Antonio Cano. 

 

Bastaron tan solo cuatro, cinco, seis brochazos y una firma como premonición de una manera de pintar. En una época en la que se valoraba el tema por encima del método, estas pocas pinceladas invirtieron este supuesto: pintar es un medio, no un fin. El marco de expectativas del público colombiano de comienzos de siglo XX se restringía al referente reconocible: si era un retrato, ojalá de un digno y notable ciudadano, de una mujer recatada a la moda española, de un campesino rollizo y optimista; si era bodegón, ojalá de frutos y flores que se confundieran con los reales y parecieran oler; si era un paisaje, ojalá de la cordillera andina o las riberas del Cauca y el Magdalena, en donde se sintiera estar allí para contemplarlas como manifestación física de la gloria patriótica. Y, para todos estos motivos, el estándar de calidad debía ser su bien parecido. Crepúsculo de Francisco Antonio Cano (1865-1935), pintado en 1912, tan solo fue un caso aislado en un contexto que se negaba a la novedad. Con esta pieza Cano demostró cómo también se puede hacer lo que ya estaba hecho: tan solo concebir la pintura como una puesta en marcha de acciones (elegir, esparcir, componer, sobreponer). Cuatro, cinco, seis brochazos sobre una pequeña tabla, también abren el espacio infinito del cielo, sostenido por un aparente horizonte que distinguimos gracias a la dirección de los gestos de una mano sintonizada con la visión. No obstante, pasaron cerca de cuarenta años para que se asimilara esta posibilidad.

Escribir sobre arte consiste en adentrarse en las obras para corretearlas y deliberarlas con preguntas e hipotéticas respuestas.  Si de rigor histórico se trata, acudo pues a un fragmento de un paradigmático libro de historia del arte colombiano para sostener la idea que quiero poner en juego y, si es necesario, aportarle un cimiento de credibilidad. Pero, también, considero que la misma cita es premonitoria de un proceso de observación sensible traducido en escritura crítica para aportar a una historia enriquecida:

No olvidemos que el paisaje fue la temática preferida y dominante en las primeras décadas del siglo, pero [Francisco Antonio] Cano, al eliminar en Crepúsculo toda referencia de tierra y quedarse con los arreboles del atardecer, realizó un óleo que se salía íntegramente de la línea tradicional. El título y la mención de los arreboles deben despertar la sospecha de que se trata de una obra sentimental y pinturera, pero nada más lejos de su resultado final. Cano no buscó ni intentó ser pinturero. No infló las nubes para tornarlas reconocibles fácilmente ni las trabajó de la morosa manera academicista para hacer rápidamente perceptible el encanto de sus accidentes locales o sus valores táctiles o las peculiaridades de sus tintas. El Crepúsculo  de Cano fue construido con cuatro brochazos horizontales y dos ligeramente oblicuos de los cuales tres eran amarillos y el cuarto era rojizo, trazados velozmente con la materia espesa para dejar ver la clara marca del pincel. Lo que Cano obtuvo fue una pintura que coincidió, al partir igualmente de un modelo natural, con el similar proceso de síntesis que finalmente llevó a Mondrian y a Kandinsky a la abstracción.[1]


[1] Álvaro Medina. “Intentos de apertura en la década del 10”. Procesos del arte en Colombia. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1978. P. 129.