nicolás gómez echeverri

pasto

(2017) Texto escrito por motivo de la exposición Pastos, Salón Comunal, Bogotá.

Luego de un intenso partido durante el recreo, nos tirábamos a descansar sobre el prado junto a las canchas. Arrancaba hojas de pasto y mordía las partes blancas de su base que guardaban el agua de la tierra. Caminar descalzos sobre la hierba fría también nos refrescaba. En algunas épocas del año, a ras del césped, pululaban cucarrones que aparecían y desaparecían entre las hojas de hierba. Me gustaba cogerlos y sentir el cosquilleo de sus pasos entre mi mano. De entre el prado buscaba tréboles de cuatro hojas y tomaba los dientes de león para soplarlos. Junto a la pista de atletismo había un montículo de tierra sembrado con pasto donde reposábamos luego de una carrera y desde donde veíamos a los competidores correr. Algunas veces rodábamos acostados desde su cima, y el mundo giraba al levantarnos y abrir los ojos cuando llegábamos abajo. Sobre el prado junto a las lagunas hicimos picnics en familia cuando cabíamos hasta siete en el pequeño R4. Años después, los picnics los hicimos los dos, en los parques de las ciudades que caminamos juntos y en las que nos agotamos y merecimos tendernos sobre la hierba bajo la sombra de las hojas de algún árbol y hablar de nosotros y de los demás. Entre calles y andenes buscamos zonas verdes para caminar al perro y para que hiciera pipí y popó. En la finca cabalgábamos en los potreros y arriamos las vacas de una cerca a otra porque habían acabado con el pasto y debían seguir comiendo. Las garzas ascendían sorpresivamente de entre la alta hierba. Los perros también comían pasto y nos decían que era para purgarse. Para abastecer los comederos de los corrales picábamos un pasto largo y grueso en una gran máquina cortadora instalada en un pequeño cuarto de paredes blancas manchadas con clorofila. Con hojas de pasto y con flores inventábamos pócimas e imaginarias cenas que brindábamos en vajillas de plástico. Repetí incontables veces la película Querida, encogí a los niños! porque me gustaban las escenas de los diminutos personajes sobreviviendo a los inmensos bichos entre el prado del antejardín de su casa. En la primera toma de un video de Marcel Odenbach, dos jóvenes retozan recostados sobre un prado: la candidez del juego bucólico se irrumpe con visiones del concreto que levanta un mausoleo en un antiguo campo de concentración. Juan Fernando Herrán comió un manojo de pasto, lo masticó exprimiendo sus jugos, y lo sacó de su boca en forma de bola mostrándonoslo como ofrenda. María Leguízamo enterró su cuerpo bajo la grama aun sembrada, ropiendo sus raíces, haciéndose paisaje. Así mismo, la plácida mujer que pintó Débora Arango explayada sobre una manta blanca en un pastizal, se hace montaña frente a las montañas. Desde el avión, sobrevolando La Sabana, se ven pastos de todos los verdes que arman un rompecabezas calculado de fragmentos ortogonales. Luego de recostarse sobre el prado, quedan estampadas caprichosamente las formas de sus hojas sobre la piel del rostro. En el parque que quedaba a dos cuadras de donde vivía cortaban el césped con máquina, más o menos una vez al mes; uno podía saberlo porque su olor dulce llegaba hasta mi cuarto. Los niños se correteaban echándose enérgicamente el pasto que habían cortado y que encontraban guardado entre bolsas que esperaban hieráticas a ser recogidas por el camión de la basura.

Ahora mismo, donde escribo esto, no hay pasto alrededor.

Edificio Vengoechea, Bogotá, enero de 2017